La señal no fue un sonido, sino una ausencia. Nayra levantó la mano, la palma abierta, y luego la cerró en un puño. En la oscuridad total, el gesto fue un grito silencioso. Las veinte sombras se dividieron en dos corrientes, fundiéndose con la noche.
Nayra, siguiendo a Yax, contuvo la respiración. Su equipo se movió hacia el este, un lento y agónico avance a través de la maleza. Cada segundo se sentía como una hora. Esperaban.
Entonces, el mundo se rompió.
Al oeste, un destello dorado iluminó l