Mundo ficciónIniciar sesiónLa caravana de Tikal no llegó como un ejército, sino como un río de riqueza y poder que serpenteaba desde la selva. A la cabeza no marchaban guerreros desaliñados, sino una guardia de élite cuyos pectorales de algodón tejido estaban adornados con plumas de quetzal y placas de jade pulido. Sus macuahuitls no eran simples herramientas de guerra; las hojas de obsidiana, negras como la medianoche, estaban perfectamente alineadas y engastadas en maderas nobles. Detrás de ellos, porteadores sudorosos transportaban fardos de seda de colores vibrantes y jaulas que contenían aves exóticas y pequeños monos, criaturas que la gente de Nueva Aztlán solo había oído en leyendas. Era una demostración de poder, no a través de la fuerza, sino de la opulencia. Un mensaje silencioso que decía: “Venimos de un mundo que ni siquiera pueden imaginar”.







