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Capítulo 48: La Carne de los Dioses

La alcoba de Nayra no era la habitación de una emperatriz. Era la celda austera de una asceta. No había sedas ni pieles, solo una estera ancha y baja sobre el suelo de piedra, una única lámpara de aceite que proyectaba sombras largas y temblorosas, y una pequeña ventana que se abría a la noche estrellada. El aire estaba impregnado del aroma limpio del ozono que a veces emanaba de sus experimentos con el mineral. Era un espacio de soledad, no de poder.

Al entrar, Nayra no soltó la mano de Balam. Su tacto era el único ancla en el mar de incertidumbre en el que se había sumergido. Para Balam, cada paso dentro de esa habitación prohibida era una blasfemia. El suelo de piedra parecía quemarle los pies. Estaba en el sanctasanctórum de su diosa, y la atmósfera estaba cargada no con el poder del trueno, sino con una intimidad tan densa que le costaba respira

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