El regreso fue una marcha fúnebre a través de un mundo de sombras grises. El sol comenzaba a despuntar, pero sus rayos no lograban penetrar la densa bóveda de la selva. Los veinte guerreros se movían como espectros, sus cuerpos cubiertos de barro y el sudor del combate, sus ojos vacíos por el agotamiento y la adrenalina residual. No habían sufrido bajas, pero cada uno llevaba el peso de la violencia que habían desatado.
Nayra sentía como si sus huesos estuvieran hechos de plomo. Cada paso era u