Mundo ficciónIniciar sesiónHay mujeres destinadas a vivir en las sombras... Y otras que nacen para gobernarlas. Valeria jamás imaginó que su vida terminaría entre las familias más poderosas de Italia. Mucho menos que el hombre al que todos consideran el hogar de los demonios se convertiría en su esposo, en su mayor refugio... y también en el inicio de una guerra que llevaba años gestándose. Vladimir Costello es un hombre tan temido que su solo nombre basta para sembrar el silencio. Frío, calculador e implacable, gobierna un imperio donde la lealtad vale más que la vida y la traición siempre se paga con sangre. Dicen que los demonios habitan en el infierno... pero quienes realmente lo conocen saben que algunos caminan entre los hombres. Cuando viejos enemigos resurgen, secretos enterrados comienzan a salir a la luz y una red de traiciones amenaza con destruir a la familia Costello desde dentro, Valeria comprende que amar a un hombre como Vladimir nunca fue el verdadero desafío. El verdadero reto será convertirse en la mujer capaz de caminar a su lado. Mientras un enemigo oculto mueve los hilos desde las sombras y una guerra silenciosa comienza a cobrarse víctimas, Valeria deberá demostrar que no necesita ser rescatada. Porque algunas reinas no heredan el poder... Lo conquistan. Y cuando la mujer que todos subestimaron deja de huir para enfrentar a sus enemigos, incluso aquellos que creían gobernar desde las sombras comprenderán que el mayor peligro nunca fueron los demonios... Sino la mujer que decidió caminar entre ellos.
Leer másValeria Romano se encontraba subiendo al apartamento de Dante, su novio y el hombre al que amaba, con el corazón latiéndole con fuerza y una sonrisa que no podía ocultar. Quería darle una sorpresa; había estado fuera de la ciudad durante una semana completa y la ansiedad por verlo, por sentirlo cerca, por abrazarlo después de tantos días, era más fuerte que cualquier otra cosa.
Dante Montelongo era el hijo mayor de una de las familias más influyentes de la ciudad. Los Montelongo eran conocidos por ser dueños de los hoteles más prestigiosos, por su poder, su dinero y su apellido intocable. Para muchos, Dante era el partido perfecto. Para Valeria, era el hombre con el que planeaba compartir su vida.
Al llegar al piso indicado, sacó las llaves de su bolso y abrió sin dudar. Hacía apenas unos días, Dante se las había entregado con una sonrisa, diciéndole que podía ir pasando algunas de sus cosas, que pronto ya no tendría que pedir permiso porque se casarían. Esa idea le había llenado el pecho de ilusión.
Dante le había dicho que llegaría de madrugada y que la vería por la mañana. Sin embargo, Valeria no pudo resistirse. Lo necesitaba. Además, quedarse en su casa significaba enfrentarse a la mirada fría de su madre, que siempre la veía como un bicho raro, y al silencio distante de su padre, que se refugiaba en su despacho y apenas le dirigía la palabra. Eso era lo último que deseaba esa noche.
Apenas cruzó la puerta del apartamento, algo se sintió… extraño.
Hubo ruidos.
Ruidos que no correspondían al silencio de una casa vacía.
Valeria se detuvo en seco, con el corazón dando un vuelco.
—Qué raro… —murmuró—. Me dijo que llegaba en la madrugada. Seguramente su vuelo se adelantó.
Intentó convencerse de eso. Necesitaba hacerlo.
Se quitó los tacones con cuidado, dejándolos a un lado, y avanzó descalza, caminando en silencio por el pasillo. Cada paso era más lento, más pesado. Algo dentro de ella comenzaba a inquietarse, una sensación amarga que se le instaló en el pecho.
Entonces los escuchó.
Gemidos. Jadeos. Sonidos que no dejaban lugar a dudas.
El mundo se le vino abajo en ese instante.
Las lágrimas comenzaron a brotar sin que pudiera detenerlas. Su respiración se volvió irregular, sus manos temblaban. No sabía si entrar y enfrentar lo que fuera que estuviera pasando o salir corriendo y fingir que nada había ocurrido. El miedo, la incredulidad y el dolor se mezclaban en su garganta como un nudo imposible de desatar.
Pero algo dentro de ella, tal vez la necesidad de verdad, tal vez la dignidad, la obligó a avanzar. Con la mano temblorosa giró la cerradura.
Y entonces lo vio.
Dante… Lucy. Su novio y su mejor amiga de la infancia. La mujer a la que había considerado una hermana.
Estaban compartiendo la misma cama, sin pudor, sin culpa, de una manera brutal, salvaje, como si el mundo no existiera fuera de esas cuatro paredes.
—Dante… Lucy… —pronunció Valeria con un hilo de voz, mientras las lágrimas corrían libremente por sus mejillas.
Ambos se giraron de golpe. El silencio que siguió fue ensordecedor, interrumpido solo por sus respiraciones agitadas.
—Valeria, amiga, déjame explicarte —dijo Lucy apresurada.
Pero no había arrepentimiento en su rostro. Había burla.
Había algo oscuro, algo que Valeria nunca antes había visto, secretos guardados durante años, rencor acumulado, una sonrisa torcida que la hizo estremecerse.
—¿Explicarme qué? —escupió Valeria entre sollozos—. ¿Que mi novio y mi mejor amiga se estaban acostando, mientras me veían la cara? No me vengas con estupideces, Lucy. ¿Desde cuándo me están engañando?, ¿eh?
La rabia le ganó al dolor. Sin pensarlo, Valeria se acercó y le soltó una cachetada a Lucy. El sonido seco resonó en la habitación.
Lucy la miró fijamente… y comenzó a reír. Una risa fría, cruel, que heló la sangre de Valeria.
—Tienes razón, amiga —dijo con sarcasmo—. No hay nada que explicar. Dante y yo tenemos una relación desde hace más de dos años. Y sinceramente, déjame decirte algo… eres muy poca mujer para un hombre como él. Mírate. Eres insignificante comparada conmigo.
Las palabras fueron como cuchillas. Valeria sintió que el piso desaparecía bajo sus pies. No podía creer que Lucy, la persona que había estado a su lado toda la vida, hubiera fingido durante tanto tiempo.
De golpe, los recuerdos comenzaron a encajar, las salidas repentinas de Dante, los viajes “inesperados” de Lucy, los regalos costosos que ella presumía, los comentarios cargados de envidia, las miradas extrañas. Todo estaba ahí. Siempre lo estuvo.
La traición la atravesó por completo. Se giró hacia Dante, el hombre al que había entregado su vida, y le dio una cachetada con toda la rabia contenida.
—Y tú, maldito infeliz —gritó—. Te di todo. Nos íbamos a casar. ¿Así me pagas? Yo te amaba. ¿Cómo pudiste hacerme esto con mi amiga? Maldito bastardo, me las vas a pagar.
Dante reaccionó al fin. La impresión inicial se transformó en furia. No le convenía que ese matrimonio se cancelara. Su familia, su posición, su futuro dependían de esa unión. Pero eso no impidió que la mirara con desprecio.
La tomó con brusquedad y la zarandeó.
—¿Y qué esperabas? —le gritó—. Soy hombre, Valeria. Llevo más de cinco años esperando que te dignes a acostarte conmigo, Lucy sí me da lo que necesito. Tú no eres más que una mujer insípida que vive escondida bajo la sombra de su familia.
Lucy observaba la escena con satisfacción.
—Será mejor que te vayas —continuó Dante— y olvides lo que viste, mañana se hará oficial nuestro compromiso. Sabemos que no quieres defraudar a tus padres, ¿verdad?
Valeria lo miró, con el alma hecha pedazos.
Pero no se quebró. A su vez levantó el rostro, con dignidad, y habló.
—Estás muy equivocado. No voy a dejar que me humillen. El que tiene que pensar bien las cosas eres tú. No soy tan estúpida como para seguir comprometida con un hombre que no vale nada. Son tal para cual. Ojalá se pudran juntos.
Eso fue suficiente. Dante perdió el control y le soltó una cachetada que la hizo caer al suelo.
Lucy sonrió. Durante años había vivido a la sombra de Valeria, odiándola por su estatus, por su belleza, por ser siempre el centro de atención. Verla así, rota, humillada, la llenaba de satisfacción.
Valeria lloró. El dolor era inmenso, pero recordó quién era. Se levantó, los miró desafiante y dijo.
—Gracias a Dios me di cuenta a tiempo. No voy a arruinar mi vida por personas como ustedes. Tal vez sea la vergüenza de mi familia, pero eso no borra la mujer que soy. Y doy gracias a Dios de no haberme acostado contigo, maldito idiota.
Salió del apartamento, subió a su auto, manejando sin rumbo cuando tuvo que detenerse. El llanto la venció. Lloró de rabia, de impotencia, de decepción.
Pero respiró, se secó las lágrimas.
—Al diablo —murmuró—. No me voy a hundir por personas que no valen la pena.
Mientras tanto, en el apartamento, Lucy sonreía.
—Ahora podemos estar juntos —dijo—. Valeria ya no es un impedimento.
Dante la miró con desprecio.
—¿De qué m****a hablas? No me conviene romper ese enlace. Todo lo que tengo depende de casarme con Valeria. Así que reza para que no abra la boca.
Salió dando un portazo.
Lucy se quedó sola, con el odio ardiendo en su pecho, no había desperdiciado dos años de su vida para perderlo ahora, fuera como fuera, ella iba a casarse con Dante.
Cuando Valeria vio llegar a Vladimir a la fortaleza, rápidamente salió a buscarlo. Había pasado toda la tarde buscándolo, con mil cosas atoradas en el pecho, con asuntos pendientes que no podían seguir esperando, Vanessa, la casa, su lugar ahí… todo. En cuanto lo vio cruzar el umbral con ese andar dominante y seguro, supo que no iba a ser fácil.Cuando Vladimir la vio ir a su encuentro, solo giró los ojos. No estaba de humor para lidiar con su esposa, con preguntas, con exigencias, con sentimientos que no sabía manejar. Aun así, no dijo nada. Fue Valeria quien habló primero.—Tenemos que hablar de algunos asuntos, Vladimir.Él simplemente pasó, por un lado, ignorándola por completo, como si no existiera.Valeria apretó los labios, el orgullo herido, la rabia subiéndole por la garganta. No iba a permitir que la tratara así. Apretó los puños y lo siguió, casi corriendo, porque el hombre daba zancadas largas, firmes, seguras… demasiado largas para sus pequeñas piernas.Saúl y Antonio, qu
—¿Me estás diciendo que te acabas de casar… y nada más y nada menos que con el padre de Ángelo? —exclamó Vanessa, casi a punto de gritar, con los ojos abiertos como platos—. ¿Y qué pasó con el “hay que salir de aquí”?—Lo sé, lo sé, Vane —respondió Valeria, pasándose una mano por el rostro con frustración—, ¿pero qué esperabas que hiciera cuando ese tipo prácticamente me obligó? Además, me dejó muy claro que si intentábamos huir no iba a descansar hasta encontrarnos… y luego está Ángelo. Lo que menos quiero es que esté de un lado a otro. Ya ha tenido demasiados cambios para alguien tan pequeño.Vanessa asintió lentamente, entendiendo el peso de esas palabras, pero enseguida una sonrisa pícara se dibujó en su rostro.—Bueno… al menos hay que aceptar que está que arde de lo sexy y guapo —dijo sin pudor—. ¿Por qué no me dijiste que estaba así de bueno, ¿eh? Mentirosa. Apuesto a que hasta sueños húmedos tienes. ¿Por eso no has querido salir con nadie todo este tiempo, ¿verdad?Valeria se
Después de que Valeria tomó una ducha, se vistió con una blusa blanca, pantalones negros ceñidos a su figura y botas de tacón del mismo color. Dejó su cabello suelto, aún húmedo, cayendo libre sobre sus hombros y su rostro limpio, sin una sola gota de maquillaje. No lo necesitaba. Valeria era una mujer hermosa incluso en su estado más natural, y lo sabía, aunque jamás lo usara como arma… a menos que fuera necesario.Junto a su amiga salió de la habitación, sosteniendo con firmeza a su hijo, como si aquel simple gesto fuera un recordatorio silencioso de que nadie, absolutamente nadie, podía arrebatarle lo que era suyo. Conforme avanzaban por los pasillos, era imposible no detallar la mansión. Una mezcla perfecta entre lo moderno y lo clásico, columnas elegantes, ventanales amplios que dejaban entrar la luz del día, bañando todo de una calidez engañosa. Desde las ventanas se apreciaba un jardín extenso y perfectamente cuidado, arbustos podados con precisión, flores alineadas con obsesiv
Valeria comenzó a moverse inquieta sobre la cama, restregándose entre las sábanas hasta que, poco a poco, abrió los ojos. La confusión fue lo primero que la invadió, seguida de golpe por los recuerdos del aeropuerto, la multitud, el silencio repentino, la figura imponente del padre de su hijo acercándose entre hombres armados, el miedo paralizándola… y después, la oscuridad absoluta. Sobresaltada, se incorporó de inmediato, provocándose un ligero mareo que la obligó a sostenerse del borde de la cama antes de poder enfocar la vista. El pánico se apoderó de ella.—¿Dónde estoy?, ¿dónde está mi bebé? —gritó con la voz quebrada, dispuesta a salir corriendo de la habitación.No llegó muy lejos. La puerta se abrió y Vanessa entró con Ángelo en brazos, vestido con otra ropa, tranquilo, vivo, ileso. Aquella imagen hizo que el alma de Valeria regresara a su cuerpo. Sin pensarlo, se lanzó hacia ellos y le arrebató al niño, apretándolo contra su pecho con desesperación, respirándolo, tocándolo,
Último capítulo