Mundo ficciónIniciar sesiónValeria despertó con el cuerpo adolorido, como si cada músculo le recordara que algo había cambiado. No fue hasta que los recuerdos de la noche anterior golpearon su mente uno tras otro que se incorporó de golpe, con el corazón latiéndole con fuerza.
El aire de la habitación aún guardaba el eco de lo vivido. Y entonces lo vio, ahí, dormido con una calma que contrastaba brutalmente con el caos que ella sentía por dentro, se encontraba ese hombre. Si la noche anterior ya había podido notar que era guapo, ahora, con la luz del día colándose por la habitación, podía apreciar cada detalle que la oscuridad le había ocultado.
Parecía un espécimen tallado por los mismos dioses, un cuerpo trabajado, fuerte, firme, cabello oscuro desordenado sobre la almohada, un rostro masculino que incluso dormido no perdía atractivo, al contrario… lo aumentaba.
Sus tatuajes se extendían por brazos y pecho, marcándolo como un hombre de historia, de peligro, la barba le daba un aire de madurez que le erizó la piel sin pedir permiso.
Valeria tragó saliva.
—Qué barbaridad, Valeria… eres una descarada —se reprendió en voz baja—. Después de pasar toda una noche con él pareces una ninfómana. Tú no eres así.
Pero su cuerpo no opinaba lo mismo, la memoria de sus manos, de su presencia, seguía viva.
—Tengo que salir de aquí antes de que despierte… —susurró—. De por sí me muero de vergüenza, no sería capaz de verlo a los ojos.
Se vistió con rapidez, cuidando cada movimiento, como si el más mínimo ruido pudiera despertarlo, el silencio era sepulcral cuando salió de la habitación, llevándose consigo la promesa, o la mentira, de que nunca más volvería a ver a ese hombre, eso fue lo que pensó y quiso creerse.
Al salir al pasillo por donde había entrado, notó que estaba completamente solo, ese detalle le dio un alivio inmediato.
Tomó un taxi y pidió que la llevara a la mansión, pero conforme se acercaba a lo que se suponía debía ser su hogar, si es que podía llamarlo así, una opresión comenzó a formarse en su pecho, no era fácil enfrentar a sus padres.
Los recuerdos de la humillación de esos dos descarados le revolvían el estómago, asco, rabia, dolor.
Cuando llegó, pagó el taxi y cruzó la puerta, ahí estaban. Sus padres… y su hermana Fiorella, sentados en el comedor como si nada hubiera pasado.
Fue Berenice, su madre, quien la miró primero, una mirada cargada de reproche al ver las fachas en las que había llegado.
—¿Me puedes explicar qué hora es esta de llegar, Valeria? —espetó—. Pareces una cualquiera, mírate nada más.
Un nudo se formó en la garganta de Valeria, por más que quisiera negarlo, siempre se había sentido un bicho raro dentro de su propia familia.
Siempre buscando una aprobación que jamás llegaba, una aprobación que Fiorella nunca tuvo que pedir.
Porque para los Romano, Fiorella siempre había sido todo lo que pudieron desear. Lujos, atención, caprichos cumplidos sin condiciones.
Valeria, en cambio, tuvo que trabajar desde muy joven para pagarse sus estudios, nunca fue suficiente, nunca fue igual, y no fue hasta que conoció a Dante que su familia vio con buenos ojos su existencia, no por amor… sino por conveniencia.
—No importa de dónde vengas —dijo su padre—, siempre y cuando recuerdes que esta noche viene la familia de Dante a pedir tu mano. Espero que te comportes como la mujer educada que se supone eres. No me hagas pasar más vergüenzas.
Para Valeria ya había visto demasiado, y no iba a permitir ese matrimonio.
Aun con el miedo trepándole por la espalda, levantó la cara.
—No me voy a casar con Dante. — El silencio fue inmediato.
—¿Qué m****a estás diciendo, Valeria? —rugió su padre.
—Lo que escuchaste. No me voy a casar con un maldito infiel. Dante me engañó con Lucy. No me pueden obligar.
—No me importa si te fue infiel —respondió Berenice con frialdad—. Si lo hizo fue porque no cumpliste con tu deber. Esa boda se hace porque se hace. No permitiré que humilles a la familia.
La sonrisa de Fiorella fue lo único que rompió el aire y más satisfecha no pudo estar al ver como para sus padres seguía siendo el mismo bicho raro de siempre.
—Pues no, mamá —sollozó Valeria—. Me niego. Soy tu hija… Por una vez en tu vida podrías tratarme como tal… me humilló de la manera más espantosa.
Pero en el rostro de Berenice no había compasión, solo desprecio.
—No me colmes la paciencia —sentenció Darío—. Sube a tu maldita habitación, cámbiate y quítate ese olor. Te vas a casar con Dante te guste o no. Lárgate de mí vista.
Valeria obedeció… pero algo dentro de ella se rompió para siempre.
Cerró la puerta de su habitación y dejó que el llanto la consumiera, no entendía por qué nunca la habían querido, por qué siempre fue menos.
Se duchó con la esperanza absurda de borrar todo, el dolor, la noche. la vida, y ahí, bajo el agua, tomó la decisión.
No iba a seguir obedeciendo.
Su abuelo Max era el único que la había amado… y ya no estaba.
—Si nunca les he importado… —se dijo con la voz temblorosa— ¿por qué tengo que seguir haciendo lo que ellos quieren?
Se vistió, tomó algunas pertenencias, el poco dinero que tenía y había logrado juntar con lo que había ahorrado en trabajos, no era mucho pero sí lo suficiente para huir de una ciudad que solo le había dado decepciones.
Y por primera vez… eligió por ella.
Milán, Italia - Cuatro años después
—Mami, mami, despierta, ándale… me prometiste que iríamos al parque, ya no duermas tanto.
La voz dulce y pequeña fue suficiente para arrancar a Valeria del sueño. Abrió los ojos con pesadez, pero en cuanto enfocó la vista y encontró el rostro de su hijo Ángelo frente a ella, cualquier rastro de cansancio desapareció. Sonrió sin poder evitarlo.
Ahí estaba él, con el cabello alborotado, los ojitos brillantes y esa energía inagotable que solo un niño podía tener.
—Está bien, está bien, ya voy, mi cielo —dijo con voz suave, incorporándose—. Ahora ve a lavarte los dietes en lo que yo aprovecho y hago el desayuno. Anda, ve.
Ángelo salió corriendo, dejando tras de sí risas y pasos pequeños que resonaban por el departamento. Valeria se levantó, se hizo un chongo desarreglado y caminó hacia la cocina aún con esa sonrisa que no se le borraba del rostro.
Cuatro años atrás, cuando salió de su casa, no tenía idea de a dónde ir, no tenía un rumbo, ni un plan, ni certezas, solo sabía que no podía quedarse.
Durante el trayecto, más de una vez se cuestionó si había hecho lo correcto, sí quizá lo mejor habría sido regresar, bajar la cabeza y casarse con Dante, cumplir con lo que esperaban de ella. Pero cada vez que esa duda aparecía, también lo hacía el recuerdo de las humillaciones, de la indiferencia, del desprecio disfrazado de familia.
Y entonces se repetía una y otra vez que no, que no podía seguir viviendo bajo la sombra de nadie. Así fue como tomó el primer vuelo que salía del país...
Italia. Destino… o suerte, nunca lo supo con certeza. Agradecía, al menos, una de las pocas cosas buenas que su padre le había dado, desde muy joven la obligó a aprender varios idiomas, entre ellos el italiano, lo que le facilitó adaptarse mucho más rápido de lo que imaginó.Al llegar a la cocina, encontró a Vanessa, su mejor amiga y compañera de vida, preparándose un café.
—No me digas… ese saltarín fue y te levantó —dijo Vanessa con una sonrisa cálida—. Es increíble cómo con tan solo tres años te puede cansar tanto. — Ambas rieron.
—Qué te puedo decir, es un niño muy activo —respondió Valeria mientras comenzaba a preparar el desayuno—. Me gusta pasar tiempo con mi bebé, aunque termine agotada.
—Lo sé —respondió Vanessa con ternura—, es un niño que me hace amarlo tanto… soy tan afortunada de ser su tía. Única tía, por cierto.
Valeria negó con la cabeza, divertida. “Es una celostina”, pensó.
Vanessa se dirigió a su habitación para bañarse.
—Me arreglo rápido, estoy lista en diez. Yo me encargo del saltarín —gritó desde el pasillo.
Valeria sonrió mientras negaba suavemente con la cabeza. Vanessa se había convertido en su mejor amiga desde el día en que llegó a Italia. La encontró cantando y tocando la guitarra en un parque. Su voz era tan melodiosa que parecía envolver a cualquiera que la escuchara, transmitiendo una calidez difícil de explicar.
Valeria se quedó ahí hasta que todos se marcharon. Para Vanessa fue imposible no notar a aquella mujer sentada sola en una banca, observándola con una mezcla de admiración y nostalgia. Sin pensarlo demasiado, le sonrió y la invitó a tomar un café.
Así llegaron a la pequeña habitación que Vanessa alquilaba. Ambas llevaban poco tiempo en Italia, y fue ahí, entre charlas largas y silencios cómodos, donde comenzaron a conocerse de verdad. Vanessa le ofreció quedarse los días que quisiera, un mes después, Valeria descubrió que estaba embarazada, de aquel hombre misterioso, del que sabía tan poco… pero que había marcado su vida para siempre.
Vanessa fue la primera en apoyarla, juntas comenzaron a trabajar.
Vanessa consiguió empleo cantando en bares, y no le iba nada mal. Su voz, su presencia, un belleza incomparable, de pelo chino, morena, de ojos verdes, con un cuerpo que atraía miradas hacían imposible no caer en sus encantos. Valeria, gracias a su carrera en gastronomía, encontró trabajo en restaurantes, así vivieron hasta que, al cumplir ocho meses de embarazo, Valeria tuvo que guardar reposo. Fue entonces cuando Vanessa se hizo cargo de los gastos.Lejos de ser una carga, para ella fue una bendición, aunque se conocían desde hacía poco, el lazo que las unía ya era irrompible. Cuando Ángelo cumplió dos años, a Vanessa le surgió una oportunidad para cantar en uno de los mejores bares de Milán.
Valeria no dudó en acompañarla, pues para los tres era imposible separarse, además, Valeria sentía que ahora era su turno de sacrificarse por su hermana… porque así era como veía a Vanessa, como la familia que la vida le había regalado.Juntas compraron un departamento modesto, no muy grande, pero tampoco pequeño, era suficiente, era hogar y era suyo, ambas trabajaban, se dividían los gastos, cuidaban de Ángelo y de ese pequeño mundo que habían construido con esfuerzo y amor. Para Valeria, Vanessa era esa luz constante.
Esa alegría que aparecía incluso en los días más oscuros. Porque aun en sus momentos más tristes… siempre lograba sacarle una sonrisa.






