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Valeria Romano se encontraba subiendo al apartamento de Dante, su novio y el hombre al que amaba, con el corazón latiéndole con fuerza y una sonrisa que no podía ocultar. Quería darle una sorpresa; había estado fuera de la ciudad durante una semana completa y la ansiedad por verlo, por sentirlo cerca, por abrazarlo después de tantos días, era más fuerte que cualquier otra cosa.
Dante Montelongo era el hijo mayor de una de las familias más influyentes de la ciudad. Los Montelongo eran conocidos por ser dueños de los hoteles más prestigiosos, por su poder, su dinero y su apellido intocable. Para muchos, Dante era el partido perfecto. Para Valeria, era el hombre con el que planeaba compartir su vida.
Al llegar al piso indicado, sacó las llaves de su bolso y abrió sin dudar. Hacía apenas unos días, Dante se las había entregado con una sonrisa, diciéndole que podía ir pasando algunas de sus cosas, que pronto ya no tendría que pedir permiso porque se casarían. Esa idea le había llenado el pecho de ilusión.
Dante le había dicho que llegaría de madrugada y que la vería por la mañana. Sin embargo, Valeria no pudo resistirse. Lo necesitaba. Además, quedarse en su casa significaba enfrentarse a la mirada fría de su madre, que siempre la veía como un bicho raro, y al silencio distante de su padre, que se refugiaba en su despacho y apenas le dirigía la palabra. Eso era lo último que deseaba esa noche.
Apenas cruzó la puerta del apartamento, algo se sintió… extraño.
Hubo ruidos.
Ruidos que no correspondían al silencio de una casa vacía.
Valeria se detuvo en seco, con el corazón dando un vuelco.
—Qué raro… —murmuró—. Me dijo que llegaba en la madrugada. Seguramente su vuelo se adelantó.
Intentó convencerse de eso. Necesitaba hacerlo.
Se quitó los tacones con cuidado, dejándolos a un lado, y avanzó descalza, caminando en silencio por el pasillo. Cada paso era más lento, más pesado. Algo dentro de ella comenzaba a inquietarse, una sensación amarga que se le instaló en el pecho.
Entonces los escuchó.
Gemidos. Jadeos. Sonidos que no dejaban lugar a dudas.
El mundo se le vino abajo en ese instante.
Las lágrimas comenzaron a brotar sin que pudiera detenerlas. Su respiración se volvió irregular, sus manos temblaban. No sabía si entrar y enfrentar lo que fuera que estuviera pasando o salir corriendo y fingir que nada había ocurrido. El miedo, la incredulidad y el dolor se mezclaban en su garganta como un nudo imposible de desatar.
Pero algo dentro de ella, tal vez la necesidad de verdad, tal vez la dignidad, la obligó a avanzar. Con la mano temblorosa giró la cerradura.
Y entonces lo vio.
Dante… Lucy. Su novio y su mejor amiga de la infancia. La mujer a la que había considerado una hermana.
Estaban compartiendo la misma cama, sin pudor, sin culpa, de una manera brutal, salvaje, como si el mundo no existiera fuera de esas cuatro paredes.
—Dante… Lucy… —pronunció Valeria con un hilo de voz, mientras las lágrimas corrían libremente por sus mejillas.
Ambos se giraron de golpe. El silencio que siguió fue ensordecedor, interrumpido solo por sus respiraciones agitadas.
—Valeria, amiga, déjame explicarte —dijo Lucy apresurada.
Pero no había arrepentimiento en su rostro. Había burla.
Había algo oscuro, algo que Valeria nunca antes había visto, secretos guardados durante años, rencor acumulado, una sonrisa torcida que la hizo estremecerse.
—¿Explicarme qué? —escupió Valeria entre sollozos—. ¿Que mi novio y mi mejor amiga se estaban acostando, mientras me veían la cara? No me vengas con estupideces, Lucy. ¿Desde cuándo me están engañando?, ¿eh?
La rabia le ganó al dolor. Sin pensarlo, Valeria se acercó y le soltó una cachetada a Lucy. El sonido seco resonó en la habitación.
Lucy la miró fijamente… y comenzó a reír. Una risa fría, cruel, que heló la sangre de Valeria.
—Tienes razón, amiga —dijo con sarcasmo—. No hay nada que explicar. Dante y yo tenemos una relación desde hace más de dos años. Y sinceramente, déjame decirte algo… eres muy poca mujer para un hombre como él. Mírate. Eres insignificante comparada conmigo.
Las palabras fueron como cuchillas. Valeria sintió que el piso desaparecía bajo sus pies. No podía creer que Lucy, la persona que había estado a su lado toda la vida, hubiera fingido durante tanto tiempo.
De golpe, los recuerdos comenzaron a encajar, las salidas repentinas de Dante, los viajes “inesperados” de Lucy, los regalos costosos que ella presumía, los comentarios cargados de envidia, las miradas extrañas. Todo estaba ahí. Siempre lo estuvo.
La traición la atravesó por completo. Se giró hacia Dante, el hombre al que había entregado su vida, y le dio una cachetada con toda la rabia contenida.
—Y tú, maldito infeliz —gritó—. Te di todo. Nos íbamos a casar. ¿Así me pagas? Yo te amaba. ¿Cómo pudiste hacerme esto con mi amiga? Maldito bastardo, me las vas a pagar.
Dante reaccionó al fin. La impresión inicial se transformó en furia. No le convenía que ese matrimonio se cancelara. Su familia, su posición, su futuro dependían de esa unión. Pero eso no impidió que la mirara con desprecio.
La tomó con brusquedad y la zarandeó.
—¿Y qué esperabas? —le gritó—. Soy hombre, Valeria. Llevo más de cinco años esperando que te dignes a acostarte conmigo, Lucy sí me da lo que necesito. Tú no eres más que una mujer insípida que vive escondida bajo la sombra de su familia.
Lucy observaba la escena con satisfacción.
—Será mejor que te vayas —continuó Dante— y olvides lo que viste, mañana se hará oficial nuestro compromiso. Sabemos que no quieres defraudar a tus padres, ¿verdad?
Valeria lo miró, con el alma hecha pedazos.
Pero no se quebró. A su vez levantó el rostro, con dignidad, y habló.
—Estás muy equivocado. No voy a dejar que me humillen. El que tiene que pensar bien las cosas eres tú. No soy tan estúpida como para seguir comprometida con un hombre que no vale nada. Son tal para cual. Ojalá se pudran juntos.
Eso fue suficiente. Dante perdió el control y le soltó una cachetada que la hizo caer al suelo.
Lucy sonrió. Durante años había vivido a la sombra de Valeria, odiándola por su estatus, por su belleza, por ser siempre el centro de atención. Verla así, rota, humillada, la llenaba de satisfacción.
Valeria lloró. El dolor era inmenso, pero recordó quién era. Se levantó, los miró desafiante y dijo.
—Gracias a Dios me di cuenta a tiempo. No voy a arruinar mi vida por personas como ustedes. Tal vez sea la vergüenza de mi familia, pero eso no borra la mujer que soy. Y doy gracias a Dios de no haberme acostado contigo, maldito idiota.
Salió del apartamento, subió a su auto, manejando sin rumbo cuando tuvo que detenerse. El llanto la venció. Lloró de rabia, de impotencia, de decepción.
Pero respiró, se secó las lágrimas.
—Al diablo —murmuró—. No me voy a hundir por personas que no valen la pena.
Mientras tanto, en el apartamento, Lucy sonreía.
—Ahora podemos estar juntos —dijo—. Valeria ya no es un impedimento.
Dante la miró con desprecio.
—¿De qué m****a hablas? No me conviene romper ese enlace. Todo lo que tengo depende de casarme con Valeria. Así que reza para que no abra la boca.
Salió dando un portazo.
Lucy se quedó sola, con el odio ardiendo en su pecho, no había desperdiciado dos años de su vida para perderlo ahora, fuera como fuera, ella iba a casarse con Dante.







