Capítulo 4 – Una Noche Para Recordar

Vladimir Costello se encontraba de pie frente a los ventanales de su oficina, con las manos en los bolsillos del pantalón, observando los edificios imponentes y las calles abarrotadas de gente que latían como un corazón vivo en el centro de Seattle. Luces, ruido, movimiento… un caos perfectamente organizado que para él no significaba nada, porque su mente estaba en otro lugar.

Un hombre tan misterioso y lleno de secretos que, a simple vista, solo desprendía una oscuridad que muchos temían… y otros tantos admiraban.

Un hombre acostumbrado al control absoluto, a dominar cada situación, cada negocio, cada vida que se cruzaba en su camino.

Y sin embargo, esa noche… había sido distinto.

Se repetía una y otra vez que solo había sido una noche, una noche de instinto, una noche de carne, una noche que jamás debía significar nada.

Pero como si su propia cabeza se burlara de él, cada vez que cerraba los ojos, o incluso despierto, en medio del día, la imagen regresaba con una claridad brutal hacia aquella pelinegra de ojos azul electrizante.

Una mirada que parecía guardar inocencia… pero también pecado, una mezcla peligrosa que despertó sensaciones que jamás había experimentado, sensaciones que se instalaron en su cuerpo como una marca imposible de borrar.

Recordaba esas mejillas enrojecidas, esa piel sedosa, suave, casi adictiva. Los gemidos involuntarios que escapaban de sus labios sin que pudiera contenerlos. La forma en que su cuerpo reaccionaba a cada caricia, a cada embestida.

Esos recuerdos no hacían más que estremecerlo. Formaban un nudo en su garganta que pedía, exigía, volver a fundirse en esa piel, en esa estrechez que lo volvió adicto.

Porque no fue sino hasta la mañana siguiente que comprendió la verdad. Las sábanas oscuras… manchadas, el olor metálico imposible de ignorar y por estar tan ensimismado en el placer de aquella noche no pudo distinguir y la certeza golpeándolo como una verdad incómoda… había sido su primer hombre.

Y aunque Vladimir quiso dejarlo pasar, ignorarlo, enterrarlo como tantas otras cosas en su vida… le fue imposible, algo dentro de él la llamaba, algo primitivo… y sobre todo oscuro.

Un impulso que lo llevaba a imaginarla encerrada entre las cuatro paredes de su mansión, protegida, marcada, suya… sin volver a marcharse jamás.

—Joder… no debería importarme, tan solo fue una noche —se repetía, apretando la mandíbula.

—Soy un hombre que puede conseguir a la mujer que se me dé la puta gana… ¿por qué me importa tanto ella?... Si fui su primer hombre… ¿y qué? ¿Desde cuándo me importa eso?

La respuesta llegaba como un susurro cruel en su mente “Tal vez porque no usaste protección imbécil”

Había pasado una semana desde aquella noche pasional con esa mujer tan extraña.

Una semana en la que, pese a intentar enfocarse en sus asuntos, Vladimir Costello no podía sacarla de su cabeza.

Era raro en él, nunca compartía momentos con desconocidas.

Sus encuentros íntimos siempre habían sido pactados, claros, y con mujeres que sabían exactamente a qué iban… y  sobre todo que no dejaban huella.

Pero ella… ella había sido distinta, imprudente, impredecible, irremediablemente inolvidable. Esa noche, después de cerrar una negociación más, decidió ir a una de sus discotecas. Necesitaba distraerse, apagar ese ruido interno que no le daba tregua.

Y entonces la vio, de ojos tan azules como el cielo, moviendo las caderas con una sensualidad involuntaria que lo golpeó directo en el pecho. Desearla fue inmediato y brutal.

Por eso le ordenó a Arturo… su mejor amigo, que la buscara y la llevara a la suite privada de la discoteca.

Pero no fue hasta verla entrar a la habitación cuando algo terminó de romperse dentro de él, esa mirada angelical… peligrosa, la forma en que se detuvo frente al cuadro, la respuesta que dio.

Todo en ella lo atrapó, la noche fue fuego, oscuridad y pecado, pero al despertar, la habitación estaba vacía, las mantas aún conservaban el eco de la pasión desbordada… y su ausencia lo encendió de rabia.

Para un hombre iacostumbrado a marcharse primero, haber sido abandonado fue una humillación.

—¿Dónde está? —rugió al vestirse— ¿Dónde está esa mujer?

Nadie supo responderle, nadie creyó que fuera alguien importante para él. Arturo apareció con una sonrisa burlona… que desapareció al ver su expresión.

—Encuéntrala —ordenó— y tráemela inmediatamente.

El recuerdo se rompió con la voz de Saúl, su hermano y segundo al mando. Vladimir torció los ojos.

Con apenas veintiséis años, había vivido demasiado, como si el caos lo hubiera reclamado antes de tiempo. Forjado en decisiones duras, cargaba un carácter firme y una sonrisa insolente que aparecía cuando el peligro se volvía cercano. Su humor mordaz exasperaba a cualquiera con poca paciencia, pero detrás de esa ligereza aparente había una mente alerta, afilada y peligrosa. Saúl no era fácil… pero era imposible no respetarlo.

—Los colombianos están jodiendo —dijo Saúl— siguen con lo mismo, según ellos han sido clientes por muchos años y lo lógico es que bajes el precio al menos para ellos algo así como un descuento.

—Que se vayan al infierno —gruñó Vladimir—. Ellos me necesitan a mí, no al revés.

La risa de su hermano lo terminó de irritar. —Desde que esa mujer te dejó plantado andas con los huevos en la cabeza —se burló—. Arturo aún no la encuentra, ¿verdad?

La rabia creció.

—Quizá huyó por tu pobre desempeño en la cama —remató Saúl.

La mirada de Vladimir fue letal. —Lárgate y haz tu trabajo, idiota.

Cuando quedó solo, se sirvió un whisky y se sentó frente a su escritorio. Cinco años atrás había heredado aquella oficina al asumir la presidencia de Costello Liquour Company.

Era alguien Joven, poderoso, respetado, un empresario brillante… y el Don de la mafia italiana.

Un secreto que el mundo aún no debía conocer, y no estaban preparado para saber lo que podía llegar a ser.

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