Valeria comenzó a moverse inquieta sobre la cama, restregándose entre las sábanas hasta que, poco a poco, abrió los ojos. La confusión fue lo primero que la invadió, seguida de golpe por los recuerdos del aeropuerto, la multitud, el silencio repentino, la figura imponente del padre de su hijo acercándose entre hombres armados, el miedo paralizándola… y después, la oscuridad absoluta. Sobresaltada, se incorporó de inmediato, provocándose un ligero mareo que la obligó a sostenerse del borde de la cama antes de poder enfocar la vista. El pánico se apoderó de ella.—¿Dónde estoy?, ¿dónde está mi bebé? —gritó con la voz quebrada, dispuesta a salir corriendo de la habitación.No llegó muy lejos. La puerta se abrió y Vanessa entró con Ángelo en brazos, vestido con otra ropa, tranquilo, vivo, ileso. Aquella imagen hizo que el alma de Valeria regresara a su cuerpo. Sin pensarlo, se lanzó hacia ellos y le arrebató al niño, apretándolo contra su pecho con desesperación, respirándolo, tocándolo,
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