Capítulo 2 – Entre Luz y Oscuridad

Valeria llegó a Absolute, una discoteca que no necesitaba presentación. Era el lugar del momento, el punto exacto donde la música, el alcohol y el desenfreno se mezclaban hasta borrar los límites entre la razón y el impulso. Las luces vibraban al ritmo de los bajos, el aire estaba cargado de humo, perfume caro y cuerpos sudorosos buscando olvidar algo… o a alguien.

Al ser cliente frecuente, Valeria ya era conocida por el guardia, quien apenas la miró antes de abrirle paso. No hubo preguntas, no hubo filtros. Esa noche, Valeria no estaba para explicaciones.

Se dirigió directamente a la barra, apoyó los codos con firmeza y exclamó sin rodeos.

—Dame un tequila doble, guapo… que esta noche me voy a divertir hasta que el sol aparezca.

Había algo en su voz. No era alegría. Era desafío. Era rabia contenida. Era una mujer rota que se negaba a caer.

El primer trago ardió, el segundo adormeció, el tercero comenzó a borrar rostros, y después… después ya no llevaba la cuenta. Aproximadamente diez rondas más tarde, su cuerpo estaba caliente, su mente ligera y su corazón peligrosamente vulnerable. La risa se le escapaba fácil, pero no era real, era un mecanismo de defensa.

Entonces lo sintió… Un estremecimiento lento recorrió su espalda. La piel se le erizó como si alguien la hubiera rozado sin tocarla.

—Maldición, Valeria… estás muy ebria, ya hasta te estás imaginando cosas —se dijo a sí misma, intentando convencerse.

Sacudió la cabeza y se apartó de la barra. La pista de baile la llamó como un refugio inmediato. Se dejó llevar por la música, por el ritmo envolvente de Under the Influence de Chris Brown. Sus caderas se movieron con una sensualidad que no era planeada, sino liberada. Cada movimiento era un “mírame”, un “aquí estoy”, un “todavía existo”.

Las miradas no tardaron en llegar. Hombres que la devoraban con los ojos, bocas que se humedecían, pensamientos evidentes que no se molestaban en disimular. Y por primera vez en mucho tiempo… eso no la incomodó.

La hizo sentir poderosa… Al menos por una noche… al menos una vez en esta miserable vida, pensó.

Cuando la canción terminó, el aplauso interno se apagó, y la sensación regresó. Esa presencia invisible. Esa certeza incómoda de estar siendo observada.

Decidió ir al baño a refrescarse.

La fila era eterna. Diez minutos que le sirvieron para bajar un poco el efecto del alcohol, aunque no el torbellino que llevaba dentro. Cuando por fin entró, hizo lo necesario, se echó agua en el rostro y se miró al espejo.

—Diablos, Valeria… estás hecha un asco —murmuró.

Pero no se detuvo. No esa noche. Porque al día siguiente le esperaba una guerra. Tendría que mirar a sus padres a los ojos y decirles que no habría boda, que Dante ya no existía en su futuro. Y sabía perfectamente que eso no sería fácil. En su familia, el deber siempre pesaba más que la felicidad.

Salió del baño y volvió a sentir ese escalofrío. Esta vez más claro, más presente. Pero lo ignoró. Caminó con paso más firme, menos ebria, hasta que chocó con algo… o mejor dicho, con alguien.

Un hombre alto, cerca de 1.94, joven, de ojos verdes, presencia imponente. Nada feo, pensó.

—Perdón, no lo alcancé a ver… ¿se encuentra bien? —preguntó Valeria.

—Una disculpa, señorita. Venía rápido. Sin embargo… debe saber usted que venía a buscarla.

Las alarmas se encendieron de inmediato. Su expresión cambió, y el hombre lo notó al instante.

—No se preocupe. Mi nombre es Antonio —aclaró—. Vengo por órdenes de un muy buen amigo, quien la ha estado observando desde hace varias horas y desea invitarle un trago.

Por alguna razón… no sintió miedo.

Tal vez era el alcohol. Tal vez era el cansancio. Tal vez era el hartazgo de siempre hacer lo correcto.

¿Qué más puedo perder? ¿La dignidad? —pensó con ironía

—Está bien, Antonio —respondió—. Lléveme con su jefe. Por cierto… me llamo Valeria.

Antonio la condujo por un pasillo discreto, hacia unas escaleras que llevaban a la planta superior. Las salas VIP. Espacios privados, exclusivos, donde el ruido se volvía eco y el poder se respiraba distinto.

Arriba, la seguridad era evidente. Hombres colocados estratégicamente, miradas vigilantes, silencio pesado. No era cualquier persona.

Y aun así… Valeria siguió. Porque algo dentro de ella le decía que no huyera. Que se dejara llevar.

Al final del pasillo, Antonio se detuvo.

—Pase, señorita… ya la esperan.

Sintió nervios. Sí. Pero también una curiosidad peligrosa.

Al entrar, la habitación la envolvió por completo. Oscura. Silenciosa. Íntima. El mundo exterior parecía haber desaparecido, y entonces el estremecimiento volvió.

Sus ojos se detuvieron en un cuadro. Un ángel. No uno celestial… sino un ángel caído. Hermoso y condenado. Oscuro y seductor.

No pudo apartar la mirada.

—¿Te gusta? - La voz la sacó de su trance, ronca, profunda y masculina, pero también… oscura

Valeria se sobresaltó y giró, buscando el origen de aquel sonido. Desde las sombras, pudo distinguir la silueta de un hombre sentado en un sillón de terciopelo. Apenas visible bajo la luz tenue de la discoteca.

Humedeció sus labios antes de hablar, con la voz baja, casi un susurro que flotó en el aire.

—Es un cuadro que arde en silencio… hermoso, sí, pero también peligroso… hay una oscuridad suave que lo envuelve, como un amante que esconde caricias prohibidas, ese fuego que emana no quema la piel, quema el alma, guarda pasiones tan profundas que ni el paraíso sabría qué hacer con ellas… y secretos que solo podrían contarse entre sábanas o en el borde de un abismo…. —Pudo articular Valeria

Aun a pesar de que se moría de nervios, por el aura tan dominante que desprendía aquel hombre, Sin embargo, eso no fue un impedimento en articular lo que aquel cuadro la hacía sentir, pues Valeria era un amante del arte, y no se pudo dejar de repetir que ese cuadro tenía más en común con el hombre de lo que se podía apreciar.

El hombre al escuchar sus palabras embozo una sonrisa, que desde el punto de Valeria le pareció oscura como toda la habitación. — Tienes razón —murmuró con una media sonrisa

 — Ese cuadro es fuego puro envuelto en sombras, una oscuridad que no te asusta, sino que te seduce… te invita a arder en sus llamas sin miedo…. Justo como tú esta noche Veleno Dolce (Veneno Dulce)

A Valeria solo le intrigaba aún más aquel hombre, de pronto, su voz profunda, envolvente se convirtió en un llamado instintivo que aceleró su corazón y encendió un fuego dentro de ella que no sabía que existía. Era una atracción cruda, peligrosa, que la empujaba a acercarse, a cruzar límites, a profanar deseos que siempre había guardado bajo llave. Jamás había sentido algo así, ni siquiera con Dante, su antigua pareja… y eso lo hacía aún más irresistible.

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