El dolor no fue inmediato.
Fue primero una presión extraña, un tirón bajo, como si el cuerpo de Emma estuviera intentando decir algo en un idioma que ella no quería escuchar. Estaba en la cocina, apoyada contra la encimera, cortando fruta para Sofía, cuando tuvo que detenerse y cerrar los ojos.
Respiró hondo.
—No pasa nada —se dijo en voz baja, más como una orden que como una certeza.
Pero el mareo llegó después. Suave al inicio, traicionero. El mundo pareció inclinarse apenas unos grados, lo s