— PERSPECTIVA: Emma
No sabía cuántas veces había metido y sacado la misma blusa de la maleta. Mis manos se movían solas, doblando y desdoblando, como si en ese gesto inútil pudiera atrasar la hora de irme. El cuarto estaba en silencio, salvo por el roce de la tela y mi respiración acelerada.
Cada vez que miraba hacia la puerta, esperaba ver a Alejandro entrar y decir que todo había sido un malentendido. Que no me echaría. Que… me creía.Pero esa esperanza era ridícula. No era un hombre que dudar