En casa, el tiempo había adoptado una forma extraña.
No era lento, pero tampoco avanzaba con claridad. Se deslizaba entre tomas de biberón, noches interrumpidas, silencios compartidos y rutinas frágiles que parecían sostenerse por pura voluntad.
Emma se movía por la cocina con la bebé dormida en el fular, el cuerpo pequeño pegado a su pecho, tibio, confiado. Cada tanto, ajustaba la tela con cuidado, como si ese gesto fuera una forma de asegurarse de que todo seguía en su lugar. De que al menos