Alejandro retomó su vida profesional como quien vuelve a ponerse un abrigo pesado después de haber pasado demasiado tiempo al sol.
No era rechazo.
Era adaptación forzada.
La oficina en Bruselas ocupaba tres plantas de un edificio sobrio, de líneas limpias y cristales amplios. Nada ostentoso. Nada íntimo. Un espacio pensado para decisiones grandes y emociones pequeñas. Allí, Alejandro volvía a ser el hombre competente, el que resolvía, el que sostenía proyectos que no podían permitirse dudas per