La noche había caído sin dramatismos, como casi todo últimamente. No hubo tormenta, ni viento fuerte, ni presagios evidentes. Solo ese silencio europeo que Emma ya reconocía: limpio, educado, casi respetuoso con el dolor ajeno.
La bebé dormía en la cuna portátil junto al sofá. Su respiración era suave, rítmica, como si el mundo no tuviera aún aristas. Sofía ya estaba en su habitación, con la puerta entreabierta, fingiendo dormir pero escuchándolo todo, como siempre.
Emma estaba sentada frente a