El día amaneció pesado, como si el cielo estuviera suspendido por un hilo tenso. Emma despertó antes que Alejandro. Había dormido poco; cada sombra, cada ruido mínimo, la había obligado a abrir los ojos una y otra vez para asegurarse de que Sofía siguiera segura en la habitación contigua.
Cuando se levantó, Alejandro extendió la mano para tocar la cama vacía y enseguida se incorporó.
—¿Dónde estás? —preguntó con voz ronca.
Emma apareció por la puerta con una taza de café para él.
—Aquí. No me f