Alejandro llevaba horas sentado en su despacho dentro del castillo, rodeado de carpetas antiguas que parecían a punto de desmoronarse igual que él. No había prendido las luces; solo la ventana abierta dejaba entrar una claridad gris, suficiente para que las palabras frente a sus ojos fueran visibles, pero no para amortiguar el golpe que le daban.
Había abierto finalmente los archivos que el Gobierno entregó tras la caída parcial de Trinidad II. Lo había postergado por semanas. Había preferido c