Casa Esperanza respiraba calma esa tarde.
Era uno de esos días donde la rutina parecía un bálsamo después de tanta tormenta: los niños jugaban en el jardín, Nora preparaba pan en la cocina, y Emma Ríos tomaba notas frente a la ventana abierta, dejando que el aire fresco despeinara su cabello.
Aún sentía la ausencia de Alejandro como una sombra que no se iba.
Habían pasado semanas desde su partida, y aunque hablaban poco —cartas, breves llamadas—, algo en su voz la mantenía viva.
Sin embargo, es