El amanecer llegó con un murmullo distinto.
No era el sonido del viento ni de los pájaros sobre la colina; era el zumbido de las notificaciones, el timbre de los teléfonos, las voces murmurando en el pasillo.
Emma Ríos despertó con un mal presentimiento.
Aún le dolía el cuerpo por las heridas del incendio, pero esa mañana, el dolor más fuerte no era físico.
Era el silencio de Alejandro, que llevaba horas al teléfono, hablando con tono bajo pero tenso.
Cuando salió de la habitación, lo vio en el