Elías no era una sombra; era un vestigio humano. Estaba allí, bajo el crepúsculo, con la piel curtida por el sol y la barba crecida hasta ocultarle el rostro. Llevaba una chaqueta sucia y un colgante de metal oxidado que pendía sobre su pecho, balanceándose con el viento. Sus ojos, sin embargo, no eran los de un fugitivo: eran los de alguien que había dejado de distinguir entre culpa y odio.
Alejandro mantuvo la mano cerca de su arma, sin apuntar, pero en posición.
—Habla —dijo con voz firme—.