Capítulo 140

Elías no era una sombra; era un vestigio humano. Estaba allí, bajo el crepúsculo, con la piel curtida por el sol y la barba crecida hasta ocultarle el rostro. Llevaba una chaqueta sucia y un colgante de metal oxidado que pendía sobre su pecho, balanceándose con el viento. Sus ojos, sin embargo, no eran los de un fugitivo: eran los de alguien que había dejado de distinguir entre culpa y odio.

Alejandro mantuvo la mano cerca de su arma, sin apuntar, pero en posición.

—Habla —dijo con voz firme—.
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