La tormenta había pasado, pero el aire todavía olía a pólvora y a tierra húmeda. Dentro del refugio, la luz temblorosa de una lámpara de queroseno iluminaba rostros cansados, ojeras marcadas y manos temblorosas que aún no se acostumbraban al silencio. Emma se quedó quieta, observando cómo el humo de la lámpara se elevaba en espirales lentas, como si el mundo respirara con esfuerzo.
Había pasado toda la noche sin dormir. El ataque había dejado grietas en los muros y en el alma de todos. Nora dor