—No puedes dormir… —repitió, y no supe si lo dijo como pregunta o como afirmación.
Negué con un gesto, sintiéndome un poco fuera de lugar en ese salón enorme y silencioso.
—No. Tuve una pesadilla —respondí, bajando la mirada.
Él me observó durante unos segundos que se me hicieron eternos, y luego señaló el sillón frente a él.—Siéntate.
Obedecí, más por instinto que por voluntad. El tapizado era frío, pero la presencia de Alejandro en la misma habitación parecía calentar el aire. Sus dedos largo