—¡P-perdón! —me apresuré a recoger el papel, pero al rozar la punta de su zapato, retiré la mano como si me hubiera quemado.
No me atrevía a mirarlo, pero sentía su mirada fija sobre mí, como un reflector del orfanato que me dejaba expuesta, sin lugar donde esconderme.
—Fuera.
La palabra no fue un grito, pero pesó más que cualquier amenaza. Me enderecé de golpe y salí casi tropezando, cerrando el compartimento con torpeza antes de cruzar el umbral. El aire del pasillo estaba más frío que el del