La tormenta había comenzado al caer la tarde, pero nadie imaginó que se quedaría toda la noche. El viento golpeaba contra las ventanas del castillo, las ramas del jardín chocaban como si intentaran derribar los muros, y la lluvia caía en ráfagas que apenas dejaban ver más allá del vidrio.
Daniel llevaba dos días con fiebre, pero esa noche empeoró. Su piel estaba ardiendo, y el sudor empapaba las sábanas. El pequeño gemía entre sueños, murmurando palabras que no podía entender.
Me había pasado l