El apartamento estaba en penumbras, iluminado solo por el resplandor de la ciudad que se filtraba a través de las cortinas mal cerradas. Emma despertó lentamente, con la cabeza apoyada en el pecho de Alejandro. Escuchaba el latido constante de su corazón, fuerte, obstinado, como si cada golpe fuese un recordatorio de que todavía estaban vivos, de que aún podían luchar.
No quiso moverse de inmediato. Era raro tener un instante de calma, y lo apreció como si fuera un regalo prohibido. La mano de