El motor de la camioneta vibraba como un animal furioso, rugiendo contra el silencio del bosque mientras devoraba kilómetros de tierra y piedras. Cada curva era un latigazo que sacudía a los pasajeros, cada bache un recordatorio brutal de que seguían vivos, de que aún corría sangre por sus venas pese a la emboscada que casi los arrasa minutos atrás.
Alejandro conducía esta vez, con la mandíbula apretada y los ojos fijos en el camino, aunque apenas podían llamarlo camino: una vereda estrecha, ap