La madrugada había caído silenciosa sobre el bosque. La fogata, reducida a brasas, arrojaba un resplandor débil que apenas iluminaba los rostros agotados. Emma se encontraba recostada contra Alejandro, su respiración acompasada después de las horas de desvelo y caricias que habían compartido en la penumbra. Parecía un instante robado al destino, un oasis en medio de la guerra.
Pero Alejandro no dormía. Con el oído atento a cada crujido del bosque, mantenía la pistola cerca de la mano. Había apr