La carretera volvió a devorarlos.
Después de salir del pequeño supermercado, el grupo regresó a la furgoneta con bolsas de provisiones, combustible y un silencio incómodo que ninguno quiso comentar. La nevada había amainado, pero el mundo seguía siendo un paisaje blanco interminable, iluminado apenas por los faros del vehículo que cortaban la oscuridad como cuchillas.
Annelise se acomodó en el asiento trasero con una manta gruesa sobre las piernas.
El calor del interior debería haberla relajado