No había ninguna expresión en su rostro.
Ni el fantasma de una sonrisa o de enfado.
Nada.
Erich Falkenheim sabía muy bien cómo mantener una máscara de piedra para que nadie supiera lo que estaba sintiendo o pensando y esa ocasión no fue la excepción.
Sus ojos azules, fríos como el hielo y muy vivaces como el fuego, apenas la miraron al entrar, como si no se tratara de su hija mayor la que yacía ahí postrada.
—Déjeme a solas con mi hija—. Ordenó con voz gélida y el doctor asintió, saliendo de