CAPITULO 32

El frío de la mañana en el puerto de San Petersburgo no era como el de las montañas, este tenía un sabor metálico, a salitre y a diesel quemado, que se me pegaba a la garganta mientras observaba los muelles desde la cabina de una furgoneta blindada, mis manos, envueltas en guantes de cuero negro, no temblaban, al contrario, sentía una quietud antinatural, una calma que solo llega cuando has aceptado que ya no queda nada de la mujer que fuiste, Nikolai seguía encerrado en su silencio autodestructivo en el refugio, pero yo no tenía tiempo para duelos, el puerto era el pulmón de la Bratva, y si quería asfixiar a Viktor y a Valkiria, tenía que arrancárselo con mis propias uñas, a mi lado, Dimitri revisaba su fusil de asalto, lanzándome miradas de reojo, como si todavía estuviera intentando descifrar en qué momento la italiana que llegó asustada a la mansión se convirtió en esta figura gélida que daba órdenes de ejecución sin pestañear.

​—Los hombres de Viktor controlan las grúas del secto
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