El frío de la mañana en el puerto de San Petersburgo no era como el de las montañas, este tenía un sabor metálico, a salitre y a diesel quemado, que se me pegaba a la garganta mientras observaba los muelles desde la cabina de una furgoneta blindada, mis manos, envueltas en guantes de cuero negro, no temblaban, al contrario, sentía una quietud antinatural, una calma que solo llega cuando has aceptado que ya no queda nada de la mujer que fuiste, Nikolai seguía encerrado en su silencio autodestruc