Nerías
El aire de la casa es pesado, cargado de un calor demasiado íntimo, saturado del olor a infusiones olvidadas y a madera vieja. Cuando la puerta se cierra detrás de nosotros, el portazo discreto tiene la brutalidad de una sentencia, y de repente siento que no sólo estamos encerrados en estos muros, sino en una verdad que ha esperado demasiado para emerger.
La mujer, su madre, no dice nada. Sus ojos están pegados a Kael como si cada segundo que lo mira fuera un milagro que teme que se borre. Le tiemblan las manos, las aprieta como una niña nerviosa y torpe, y esta fragilidad contrasta violentamente con la tormenta que retumba silenciosamente en esta habitación.
Avanzamos hacia una sala de estar sencilla, con muebles desgastados pero bien cuidados, una mesa de café cubierta de marcos, fotografías amarillentas, algunas tan antiguas que los rostros se disuelven en la luz tenue. No me detengo en eso, pero Kael inmediatamente gira la cabeza, como si la mera visión de estas imágenes am