Neriah
El coche avanza por el asfalto, devorando kilómetros como si huir hacia adelante fuera la única forma de no estallar en pedazos.
Estoy en la parte trasera, entre sus siluetas tensas, Kael al lado del pasajero, Liam al volante, cada uno anclado en su papel como si evitar que algo se mezclara demasiado.
Las ventanas reflejan fragmentos de rostros, cortados por las líneas oscuras de la noche. A veces, cruzo la mirada de Kael en el retrovisor. No son miradas largas, más bien destellos furtivos, como cuchillas que se rozan antes de retirarse.
Liam, por su parte, mantiene las manos firmemente sujetas al volante, pero veo sus dedos blanquear en cada curva cerrada, como si la carretera fuera un pretexto para canalizar lo que no quiere decir.
Nadie habla. El ruido del motor lo llena todo.
Y, sin embargo, bajo este estruendo mecánico, hay algo más. Un escalofrío común, una energía que circula a pesar de ellos.
— ¿Ella vive lejos? pregunto, solo para romper la tensión.
Liam no me