Jacob se acomodó la chaqueta sobre los hombros mientras Valery sujetaba la correa de Ébano con una dulzura casi felina.
No había sol, pero por primera vez en días, el cielo no era una amenaza, solo era una sábana gris que parecía cubrirlo todo sin intención de caer.
Caminaban juntos por un sendero angosto entre abetos imponentes, raíces húmedas y hojas crujientes que hablaban bajo sus pasos con un lenguaje antiguo y olvidado.
Jacob la observó por unos segundos, mordiéndose el labio con una sonrisa que intentaba ocultar.
—Oye… —la llamó en voz baja—, ¿ya te dije que te ves increíble esta mañana?
Valery giró apenas la cabeza, y una sonrisa traviesa se asomó en sus labios.
—Solo esta mañana… ¿O siempre? —preguntó mientras caminaba hacia atrás unos pasos, mirándolo por encima del hombro.
Jacob soltó una risa suave.
—Siempre. Pero hoy… No sé, hay algo en ti, el bosque debería estar agradecido de que lo ilumines así.
Ella se acercó un poco más, inclinándose lo suficiente para darle un beso f