El día no comenzó con el canto de los pájaros ni con la luz filtrándose entre las cortinas; comenzó como un susurro de eternidad, como el eco de una vida que quiere volver a sentirse viva.
Fue el roce leve de una respiración cálida en el cuello, una caricia invisible que derribaba todas las defensas, la tibieza de un abrazo que no exigía nada y, aun así, lo decía todo con un lenguaje silencioso que solo los cuerpos enamorados conocen.
Era como si el universo hubiese contenido el aliento, regalán