El cielo de Vancouver comenzaba a vestirse de azul profundo cuando el mensaje llegó.
El aire olía a tierra húmeda y a humo tenue de chimeneas lejanas, mientras el murmullo de los autos se apagaba poco a poco como un suspiro colectivo de la ciudad preparándose para dormir.
En la calle, los faroles encendían su luz ámbar como luciérnagas urbanas, y el mundo parecía suspenderse entre lo que fue y lo que estaba por empezar.
Valery, recostada junto a una lámpara de luz ámbar, miraba distraídamente la