୧ XVII ୨

Decir que estaba nerviosa era quedarse corta.

Podía sentir cómo mis manos temblaban ligeramente mientras esperaba fuera de la puerta, con el peso del vestido y las joyas sobre mí apretando como si fueran cadenas. Los guardias, con sus rostros inexpresivos, no ayudaban a calmarme; sus miradas fijas me hacían sentir bajo juicio, cada respiración supervisada, cada parpadeo evaluado.

Era casi imposible creer que la emperatriz quisiera cenar a solas conmigo. Desde aquella pr
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