A pesar de todo lo que había dicho durante el trayecto, Ezra no se calló ni un solo instante.
Parecía incapaz de guardar silencio, como si le diera miedo quedarse a solas con sus propios pensamientos. Su voz se convirtió en un zumbido constante, una molestia que se entrelazaba con el traqueteo de las ruedas del carruaje y el silbido del viento.
Por momentos quise lanzarlo fuera del vehículo en movimiento, pero me contuve. Por más irritante que fuera, debía admitir