El hombre siguió su avance con paso seguro; cada pisada retumbaba.
Su porte altivo y la sombra de poder que lo envolvía lo convertían en una presencia casi tangible: una figura que parecía devorar la luz a su alrededor. Al detenerse frente a nosotros, el aire mismo se volvió denso, casi imposible de respirar.
Su mirada —oscura, afilada como una hoja recién forjada— se fijó en Rose con una indiferencia glacial. No había emoción en esos ojos: ni desprecio ni p