୧ CLXXVII ୨

No quería quedarme a solas con él.

Cada fibra de mi cuerpo se rebelaba. Cada segundo a su lado era una tortura que se estiraba hasta hacerse insoportable. Mis muñecas ardían donde los guardias apretaban; sus manos eran fierros al rojo vivo.

Intenté zafarme con desesperación, pero cuanto más forcejeaba, más apretaban, como si sus dedos fueran garras que se hundían para sujetarme a la realidad que quería negar.

—Me fascina esa mirada tuya —murmuró,
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