Aunque la habitación era amplia, la presencia de tantas personas la hacía sentirse claustrofóbica, casi asfixiante.
Las cortinas, pesadas y de un color borgoña apagado, apenas dejaban filtrar la luz del atardecer, que caía en haces dorados sobre las alfombras tupidas.
El aire olía a incienso y a algo más tenue pero persistente: la mezcla inconfundible de preocupación y fatiga acumulada.
Nora había hecho lo imposible para mantener