Nos quedamos así por un largo rato, en ese silencio que no era solo ausencia de palabras, sino un refugio. El único lugar donde el dolor no exigía ser nombrado.
Mi cuerpo dolía, sí. Pero era el alma era la que más sufría. Sentía que me deshacía por dentro, como si cada recuerdo de Nuriel fuera una astilla que se clavaba un poco más hondo con cada respiración. Y sin embargo, no podía dejar de pensar en ella.
En su voz, suave como