Culpa de que a mi me gustara era suya. No podía aparecer a mi alrededor con esa arrogancia que más que irritarme ya me parecía atractiva, con el pelo revuelto y todos los tatuajes de su cuerpo dibujándose en su piel sobre tantos músculos, con sus ojos oscuros que por la noche parecían relajarse sin tantos problemas.
—Vienes con un humor de mierda por lo que veo.
Se encogió de hombros y se encendió un cigarro ahí a mi lado mientras se adueñaba de una cerveza.
—Espérame en tu habitación —repitió.