—¿Cuál es tu puto problema? Solo me das dolores de cabeza.
No tenía intención de discutir allí. Al mirar alrededor todo parecía normal pero ya no me sentía segura. Sin pensarlo mucho deslicé mis manos por su brazo hasta acoger su mano entre las mías y hacer el intento de arrastrarlo fuera.
—Tenemos que irnos. Vámonos.
—¿Qué coño te pasa? —siguió gruñendo.
A pesar de su mal genio, sentí como su mano se aferró a las mías.
—Vámonos —repetí, aunque tan bajo que igual me leyó los labios.
No em