—¿Y bien? —me insistía Gemma tras la puerta del baño—. Venga que no puedes quedarte a vivir en el baño.
—¡Me queda fatal!
—Que no, joder, sal ya. ¡Diego! —chilló—. ¡No quiere salir y llegamos tarde!
¿Por qué metía a Diego? El vestido me quedaba mal y punto. Por mil vueltas que diera frente al espejo no había forma de que me viera bien.
Golpeó la puerta del baño con los nudillos y su voz grave atravesó la madera.
—Abre la puerta —me ordenó.
Era increíble lo que hacía en mi. Quité el pestillo y e