Gabriele entró al estudio con pasos tranquilos. La llamada todavía sonaba en su cabeza, como si todavía escuchara a Luciano, diciéndole: “Azzurra se ha quedado sin armas, Gabriele”.
El corazón le latía con fuerza, no podía creer lo que acababa de oír. Se acercó a su lugar de trabajo, donde el lienzo en blanco seguía allí, esperando, pero ya no podía pintar. No en ese momento. Se sentó y se llevó una mano a la cara, dentro de él, algo lo impulsaba a salir de ese lugar e ir en busca de Luciano. L