El frío del Ártico no es como el de Maine, es un frío que no se conforma con morderte la piel; busca tus huesos, intenta ralentizar tu corazón hasta que este se rinda y se convierta en un cristal más del paisaje. Me encontraba en la cabina de mando del Nereus II, un rompehielos de alta tecnología que Aiden había modificado para ser invisible a los radares de frecuencia de la Nueva Cresta. El barco se abría paso a través de una banquisa de hielo eterno, y el sonido del casco reforzado crujiendo