CAPITULO 36

El invierno en Maine no tiene la elegancia gélida de los Alpes; es un animal rudo que golpea las ventanas con salitre y aguanieve. Me encontraba en el vestíbulo principal de la Academia, observando el desfile de rostros pálidos y exhaustos que bajaban de los vehículos de transporte, La misión en Valais nos había dejado victorias, sí, pero también una carga que apenas empezábamos a procesar.

​Llevaba puesto un jersey de cuello alto en color azul noche, tan oscuro que parecía negro bajo las luces fluorescentes de la entrada, y unos pantalones de lana gris humo. Mi mano derecha, todavía vendada por los cortes del cristal de cuarzo, descansaba sobre el pomo de la puerta, el mechón blanco en mi sien, ese regalo de Marcus, brillaba con una luz propia bajo el reflejo de las lámparas. Me sentía como una extraña en mi propio cuerpo: más ligera, como si hubiera vaciado una parte de mi alma en aquel núcleo suizo, pero también más alerta a cada vibración del suelo.

​—Son demasiados, Elena —la voz
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