CAPITULO 38

El silencio que siguió a la caída de la Quimera en el Ártico no fue la paz que yo esperaba, No era ese vacío idílico donde las preocupaciones se desvanecen; era un silencio espeso, casi sólido, que se filtraba por las rendijas de las ventanas de nuestra mansión en Maine como si fuera una niebla física.

​Me encontraba en el invernadero de la planta alta, mi refugio personal cuando la estructura de la casa se me antojaba demasiado pequeña para mis pensamientos.

​—¿Sigues intentando que las flores
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