El silencio que siguió a la caída de la Quimera en el Ártico no fue la paz que yo esperaba, No era ese vacío idílico donde las preocupaciones se desvanecen; era un silencio espeso, casi sólido, que se filtraba por las rendijas de las ventanas de nuestra mansión en Maine como si fuera una niebla física.
Me encontraba en el invernadero de la planta alta, mi refugio personal cuando la estructura de la casa se me antojaba demasiado pequeña para mis pensamientos.
—¿Sigues intentando que las flores