El descenso a través de la columna de agua se sentía como una caída libre hacia el olvido, a medida que la luz del sol se extinguía sobre nosotros, reemplazada por un azul marino denso que pronto se tornó en una negrura absoluta, el silencio del océano se filtró incluso a través del casco de mi traje de inmersión. Ya no escuchaba el oleaje de Maine, ni el viento golpeando los acantilados, solo escuchaba mi propia respiración, un eco rítmico y confinado, y el siseo suave de los servos de mi arma