El descenso a través de la columna de agua se sentía como una caída libre hacia el olvido, a medida que la luz del sol se extinguía sobre nosotros, reemplazada por un azul marino denso que pronto se tornó en una negrura absoluta, el silencio del océano se filtró incluso a través del casco de mi traje de inmersión. Ya no escuchaba el oleaje de Maine, ni el viento golpeando los acantilados, solo escuchaba mi propia respiración, un eco rítmico y confinado, y el siseo suave de los servos de mi armadura ajustándose a la presión externa.
Llevaba puesto el prototipo Neumática que Aiden había diseñado, era una obra maestra de ingeniería: una aleación de titanio y polímeros sintéticos que se sentía extrañamente ligera, a pesar de estar soportando toneladas de presión por centímetro cuadrado. El interior del traje estaba forrado con una capa de gel térmico que mantenía mi temperatura corporal estable frente al frío abisal. En mi brazo derecho, una pantalla de cristal líquido me mostraba los ni