Dos años, veinticuatro meses de una paz que, al principio, se sentía como una tregua frágil y que ahora, por fin, se ha convertido en mi piel.
Me encontraba en la terraza acristalada de nuestra nueva residencia en Maine, una casa construida con madera de deriva y piedra local que mira directamente al Atlántico, El frío de las Adirondacks quedó atrás, sustituido por el olor a salitre y el rugido rítmico de las olas golpeando los acantilados. Llevaba puesto un jersey de punto grueso en color cre