CAPITULO 30

Dos años, veinticuatro meses de una paz que, al principio, se sentía como una tregua frágil y que ahora, por fin, se ha convertido en mi piel.

​Me encontraba en la terraza acristalada de nuestra nueva residencia en Maine, una casa construida con madera de deriva y piedra local que mira directamente al Atlántico, El frío de las Adirondacks quedó atrás, sustituido por el olor a salitre y el rugido rítmico de las olas golpeando los acantilados. Llevaba puesto un jersey de punto grueso en color crema, de esos que te envuelven como un abrazo, y unos pantalones de lino oscuro. Mis manos, que una vez sostuvieron fragmentos de poder divino y armas de alta tecnología, ahora sostenían una taza de cerámica caliente con té de jazmín, mis dedos ya no tiemblan; las cicatrices de la Cresta Blanca se han desvanecido hasta ser apenas hilos plateados que solo yo noto bajo la luz del sol.

​Alexander apareció tras de mí, no lo escuché llegar —sus pasos siguen siendo los de un depredador— pero sentí el ca
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